Mucha gente que considera unirse a nosotros se opone al hecho de que dedicamos gran parte de nuestro tiempo a repartir tratados.

“Nos gusta lo que enseñan”, nos dicen, “pero no necesariamente pensamos que entregar tratados sea el camino a seguir”. O simplemente nos dicen que Dios no los ha llamado a tal ministerio. Algunos se ofrecen como voluntarios para cocinar, escribir artículos, hacer mandados, barrer pisos, de hecho, se ofrecen para hacer cualquier cosa excepto repartir tratados. “Jesús no usó tratados” observan correctamente. Pero, por supuesto, Jesús tampoco usaba instrumentos musicales, computadoras, micrófonos o auditorios.

Entonces, ¿qué hizo Jesús? Sabemos que algunas veces predicó a las multitudes, pero en general, solía salir a la calle, día tras día, compartiendo su mensaje. Usaba historias para hacerlo interesante, y los fines de semana buscaba la forma de comunicar este mensaje en las sinagogas; pero durante la semana, ya sea en una plaza de mercado, al lado de un pozo, en la casa de alguien, o incluso en medio de una procesión fúnebre, enseñaba y predicaba, predicaba y enseñaba...fielmente.

Él decía, “Debo trabajar mientras aún sea de día. La noche llega cuando nadie puede trabajar.” (Juan 9:4). “La cosecha realmente es abundante, pero los obreros son pocos.” (Lucas 10:2) “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Marcos 16:15)

Esa última frase la llamamos "La Gran Comisión". Es la tarea que Jesús nos asignó... "predicar el evangelio a toda criatura". Es cierto, Jesús lo cumplió de manera verbal. Pero alguien lo escribió también, e hizo copias y con el tiempo llegó a ser impreso. Y por eso hoy en día tenemos el evangelio según Mateo, según Marcos, según Lucas y según Juan. Algunos incluso dirían que lo tenemos según Pablo, según Pedro, y según otros creyentes más. Pero en cada caso, es el mensaje de Jesús llevado a la escritura.

Es posible que no pienses que poner este mensaje por escrito como lo hicieron ellos era necesariamente el camino a seguir. Pero si no lo hubieran hecho, no tendríamos la Biblia hoy. Solo tendríamos algunos predicadores diciéndonos cosas que aprendieron de otros que también habían aprendido de otros y así sucesivamente, y que se estuvo transmitiendo a través de los siglos. ¡Imagínate lo confuso que sería el mensaje a estas alturas!

Y eso es lo que sucede cuando las personas escuchan a predicadores, cuando ven una obra dramatizada, o cuando simplemente tienen una conversación. Ellos se van con todo tipo de conceptos erróneos, basados en su propia ignorancia, complejos y prejuicios.

Pero cuando reciben algo por escrito, pueden consultarlo más tarde, compartirlo con un amigo, leerlo mil veces si lo desean y obtener un entendimiento más claro cada vez que lo lean.

Nosotros predicamos públicamente de vez en cuando, y hemos usado cosas como el teatro callejero, el graffiti y varias estrategias mediáticas para transmitir nuestro mensaje. Sin embargo, principalmente usamos tratados de manera más consistente para predicar el evangelio, porque hemos encontrado que es la manera más eficiente y confiable para cumplir la Gran Comisión.

Es un trabajo despreciado por muchos... sin aplausos, con poco reconocimiento y mucho rechazo. Como muchas veces nos dicen otras personas, esa no es la única manera de predicar el evangelio. Pero si esta no es la mejor manera de cumplir con la tarea, no sabemos entonces cuál es.


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